El Golem fue creado por el Maharal de Praga en el Siglo XVI, para defender el Barrio Judío. Cumplió cabalmente su misión, pero se volvió demasiado violento, y hubo que encerrarlo.
En su frente se leía la palabra "emet", o sea, "verdad". Cuenta la leyenda que el rabino borró la "e", quedando la palabra "met", que significa muerto, y que desde entonces yace, en animación suspendida, en el ático de la sinagoga, cuya escalera derruyeron parcialmente para que nadie pudiera subir. Teóricamente, ahí espera que la ciudad de Praga lo necesite.

Pero la leyenda es falsa. Harto de toda esa inactividad, el Golem se mudó a Caracas, donde vive como un cincuentón agridulce, y abrió un blog para compartir sus fotografías y criticarlo todo. Bienvenidos a ese blog.

miércoles, 15 de enero de 2014

EL CABALLO DE AGUA



En todos los mares del mundo existen caballos de agua. Ya Sinbad, en la época de las mil y una noches, participó en la lucrativa empresa de aparear yeguas terres­tres con caballos marinos para obtener los corceles más fogosos. Su apariencia es la de un caballo grande, a veces colosal, siempre negro o gris oscuro y de patas deformes. En Islandia, donde se le llama Nikur o Nennir, se dice que tiene los cascos al revés. En Chiloé, donde se vive en contacto aún más estrecho con los seres del mar, sus patas son simple­mente aletas. Los hábitos de los caballos de agua varían según la zona en que vivan.





En las islas británicas, donde se les ha estudia­do a fondo, distinguen dos tipos: el Kelpie, que es relativamente manso, y una bestia te­rrible llamada Aughisky en Irlanda, Each­uisge en Escocia y Cabyll ushey en la Isla de Man. (Aquellos que sean bebedores ya lo habrán notado: en las lenguas gaélicas, agua se dice, esencialmente, «whisky».) El Aughisky tiende a vagar cerca de rías profundas, difíci­les de vadear. A veces está ricamente enjae­zado. La hace con el propósito de tentar a cualquier humano a tratar de vadear el paso de agua sobre su lomo. El que lo intente será irremisiblemente arrastrado hacia el fondo, y una vez ahí, devorado. Hay ponies de agua que se especializan en ahogar niños. El Nennir tiene la misma mala costumbre, pero no so­porta el sonido de su nombre. Así, si la víctima se da cuenta de lo que sucede después de montarlo, basta que pronuncie dicho nombre o una palabra parecida para que el monstruo tenga que batirse en retirada. Muchos se han salvado por pura casualidad al decir alguna palabra de sonido similar. Si uno logra apar­tarlo del agua, el Nennir es una montura ex­celente, más veloz que ningún caballo terres­tre. Pero a la vista del agua recupera su anti­gua condición salvaje y arrastra a su jinete hacia las profundidades.


En Escocia existen caballos de agua que cambian de forma a voluntad, y aparecen como jóvenes hermosas o guapos donceles para seducir a sus víctimas. En esos casos, no pueden ocultar su naturaleza anfibia du­rante mucho tiempo, pues siempre están mojados. Es famoso el caso de Morag, donce­lla del Clan McGregor que encontró un her­moso muchacho en la puerta de su casa. Como estaba mojado, le preguntó qué le ha­bía sucedido. El muchacho relató que era un príncipe, que se había perdido durante una partida de caza, y que, en un mal paso, había caído al agua. Seducida por los encantos del joven, Morag le invitó a pasar y a secarse al fuego. Buscó un peine, y poniendo la cabeza del príncipe sobre su regazo, empezó a des­enmarañar sus largos cabellos negros. Al dar­se cuenta de que estaban llenos de las mis­mas algas que solía desenredar de las nasas de su padre, supo que se enfrentaba a un caballo de agua, y, horrorizada, salió corrien­do hacia el río, tras el cual se puso a salvo, pues en Escocia todos saben que el caballo marino no puede cruzar sobre agua que corre.


Otro encuentro famoso con un caballo de agua en Escocia ocurrió cuando los monjes benedictinos decidieron fundar una casa de enseñanza pública en Fort Augustus. Cuan­do empezaron a arar el campo que les daría el sustento, algunos monjes se rebelaron, dicien­do que habían venido a enseñar y no a arar, y que si Dios quería que ese campo fuese ara­do, que lo hiciera Él mismo. Ante sus ojos ató­nitos, los ciervos rojos bajaron de las tierras altas y pasaron el resto del día arando. Lle­nos de vergüenza, acudieron por la noche a terminar de arar el campo, pero no pudieron, pues un enorme caballo de agua lo estaba haciendo. Al amanecer, el caballo volvió a las oscuras aguas del loch, llevando sobre su lomo al monje que había dicho la frase blasfema. Sí, esto sucedió a orillas del famoso Loch Ness.


Probablemente los caballos marinos de cos­tumbres más singulares son los que viven en los alrededores de Chiloé, y relatarlas requie­re de ciertos preliminares. Es indispensable saber que en la zona habita La Pincoya, una especie de sirena chilota. Quienes la han vis­to, que son muchos, la describen como una adolescente de gran belleza, apenas cubierta por ropas hechas de algas. La Pincoya es hija de una deidad marina y una mujer mortal. Al nacer, su madre la trajo a tierra, a casa de sus padres, y la dejó bajo su cuidado, dándo­les instrucciones de no verla, pues su natura­leza especial no soportaba las miradas. Los padres de la mujer desobedecieron, y bajo su mirada, la beba se transformó en agua.


La madre, desesperada, vertió el agua en el mar entre sollozos y llamó a su esposo. Este le dijo que no se preocupara, que su hija no había muerto, y se la mostró ya convertida en una espléndida adolescente, surcando las aguas en un bote que parecía una cuna. Desde en­tonces, La Pincoya siembra el mar de peces y mariscos para que los chilotas puedan cose­charlos. Les advierte dónde habrá buena pes­ca bailando sobre la playa de cara al mar. En cambio, cuando baila viendo hacia la tierra, se avecina escasez y hambre.


Otro servicio presta Pincoya a los hombres: cuando alguno naufraga y muere, lo lleva a bordo de un bar­co mágico llamado El Caleuche, donde los ahogados reviven y llevan una vida de franca­chela. A menudo se ve El Caleuche navegan­do entre dos luces por los estrechos, profusamente iluminado, y se escucha el jol­gorio de sus marineros. Estos tienen la mi­sión de vigilar que los pescadores cumplan con las reglas del juego limpio, y aquellos que abusan en la pesca se ven visitados por la tripulación de El Caleuche, a quienes deberán entonces agasajar con abundante comida y libaciones en determinadas noches del año. Para atracar en las casas de esos pescadores delincuentes el barco se hace invisible, pero antes del alba los vecinos escuchan el sonido de las cadenas cuando levan anclas. Aunque viven en el más allá, los náufragos de El Caleuche son felices, y es por ello que el chilota no teme al mar aunque no sepa nadar.



Pero en esta felicidad es de advertir un defecto. Por supuesto, muy pocas mujeres naufragan. Al marinero ahogado se le permite, una vez al año, bajar a tierra firme a visitar a su mujer, pero la mayoría renuncia a este derecho después de encontrarla en brazos de algún otro. Es por ello que las brujas los visitan y los acompañan en sus francachelas espectrales. Y para regresar a tierra, al alba, las brujas cabalgan sobre los lomos de caballos marinos. Este es, hasta donde sé, el único caso conocido de domesticación del caballo mari­no en su hábitat natural. 


(de Leyendas del Mar Océano, Editorial Índigo)

jueves, 9 de mayo de 2013

El suplicio del permiso de viajes, o de cómo los divorciados no deben viajar en comunismo.



Un fenómeno que me causa una gran inquietud, justificada a mi parecer, es cómo los miedos crecen con la edad, tanto en número como en intensidad. A los 18 años, sólo le tenía miedo a las culebras venenosas. Ahora, mis temores son legión.

Pero no existe nada que me cause tan rápidamente esa desagradable sensación de vacío en la boca del estómago como la sola mención del infame permiso de viajes para menores. (Pausa para generar más miedo).

El solo hecho de que un padre necesite una autorización escrita y legalizada ante el estado para llevar de viaje a sus hijos nos habla del declive de la sociedad, y de cómo ese estado-papaDios siente la imperiosa necesidad de estar metido en los rincones más íntimos de nuestras vidas. En las sociedades civilizadas no se parte del principio que los padres raptan a sus hijos, sino que se les considera inocentes hasta probar lo contrario. Pero aquí no. El todopoderoso estado TIENE que velar y regular cada aspecto de la vida, suponer siempre lo peor, y actuar en consecuencia.

Por lo tanto, somete a las parejas divorciadas a un nuevo escollo que superar, proporcionando a los ex cónyuges nuevas y deliciosas maneras de vengarse de las miles de afrentas vividas o imaginadas: ahora, ¡no te doy el permiso para que viajes con los niños!. O, en el mejor de los casos, te lo doy a última hora, a cambio de que me pagues tal o cual cosa.

Quienes participaron en la redacción de la ley, previeron que esto pasaría, e idearon un mecanismo mediante el cual, en caso de desacuerdo, un juez podía decidir en cosa de pocos días si los pobres muchachos que veían en pico de zamuro sus vacaciones podrían viajar o no. Todo perfecto, ¿no?

¡Nooooo! El súper estado tenía que demostrar su infinito poder, y hacer que las cosas fáciles fueran difíciles. Y la Sala Constitucional del TSJ, como suele hacer, declaró que la ley no dice lo que dice, sino todo lo contrario, y mediante esta sentencia decidió que los permisos de viaje se ventilaran por el procedimiento de la guarda y custodia, el cual no puede, en ningún caso, durar menos de un año. Bye bye, vacaciones.

Mis escasos y desocupados lectores me dirán: "Bueno, Golem, deja la quejadera. Todo radica en que los padres de pongan de acuerdo, y en el fondo esas leyes protegen a los niños". Y tendrían razón. Si no fuera por el comunismo.

Cuando entró el comunismo, las cosas empezaron a cambiar. Como a todo Golem le consta, el comunismo es enemigo de los viajes. Le gustan las fronteras cerradas. Le gusta que la gente se quede adentro. Y fue el caso que, solapadamente, empezó a operar y a tejer sus redes en torno al ya humillante e innecesario trámite del temido permiso de viaje.

En mi caso personal, superadas las negativas iniciales, pasé un período en que no tuve ningún inconveniente con los dichosos permisos, y realicé bastantes viajes sin mayor problema con las autoridades, hasta que llegó el día. "Este permiso no tiene la huella dactilar de la madre. Las niñas no pueden viajar".

Así de simple. En el aeropuerto de Maiquetía un día decidieron, sin avisarle a nadie, que los permisos tenían que llevar huellas digitales. Desastre total, económico y emocional. Dos niñas llorando deseperadas, mientras el funcionario (¿servidor?) público se henchía de placer totalitario ante su maravilloso despliegue de autoridad y las señalaba constantemente con el dedo: "¡Ustedes no viajan!". No hubo razomaniento que valiera.

Cambio de pasajes costosísimo para seis personas, pérdida de las reservaciones hechas (más $), corre y corre para conseguir otro permiso de viaje en Maracaibo. Cuando la ley solamente dice, en su artículo 392 que el permiso debe ser autenticado, es decir, notariado. No dice nada de huellas dactilares.

Ni de copias de las partidas de nacimiento anexas, como nos han pedido después entre otros. Porque la cosa no ha parado ahí. Ahora la propia gente del instituto de protección al niño y al adolescente ha diseñado un esquema, totalmente alejado de lo que dice la ley, mediante el cual el permiso, que sólo tenía que ser notariado, requiere:

- Original y copia de la partida de nacimiento y del pasaporte del niño, niña o adolescente.
- Original y copia de la cédula de identidad de los padres o representante legal.
- Original y copia de la cédula de identidad y pasaporte de la persona con quien viaja.
- Dos (2) fotos tamaño carné del o los viajeros, así como de los padres y de la persona con quien viaja.
- Recibo de electricidad, teléfono o constancia de residencia. De la misma manera es obligatorio que se presenten ambos padres.

Esto parece inventado, pero no lo es. Verificarlo aquí. Se necesitan fotos, constancias de residencia, etc. para obtener un permiso del cual la ley sólo dice que tiene que ser notariado. Y por supuesto, cabe esperar que en el futuro esta lista de requisitos y anexos se siga incrementando, hasta incluir el carnet del partido político de todos los familiares, y por lo menos la fe de bautismo de la abuela de los chamos. Lo cual, por supuesto, no publicarán en ningún periódico, no sea que los enemigos-envidiados-odiados padres puedan ponerse al día, y ¡Marx no lo permita! logren salir de vacaciones con sus hijos.

La propia gente llamada a cumplir la ley hace con ella lo que le da la gana. Curioso, muy curioso y muy parecido al totalitarismo: un sistema de gobierno en el cual la ley no le dice al funcionario cómo hacer las cosas, sino que el funcionario, según lo que le dé la gana, fabrica él mismo la verdadera ley.Y lo que le da la gana es hacer que sea muy, pero muy difícil viajar a los hijos de divorciados. 

Tan difícil que American Airlines está poniendo etiquetas de un amarillo fosforecente en todas las maletas de los que viajamos con permisos. La etiqueta dice "Standby- Permiso de Viaje".



Detengámonos un momento a pensar en lo que simboliza la etiqueta. Existen tantos padres e hijos que son detenidos en el último momento y no se les permite viajar, que la mayor línea aérea ha tenido que diseñar un procedimiento para no montar su equipaje en el avión hasta que hayan pasado por el control de migración. 

Sencillamente, la idea es no dejarnos viajar. Como no lo pueden hacer de un tirón, nos van restringiendo poco a poco los modos, hasta que cuando nos demos cuenta, estemos cocinados como la proverbial rana.

Todo esto, por supuesto, sólo vale para los tontos a quienes nuestra moral nos impide participar de la actividad económica informal, el motor que mueve al país, en donde por una módica suma se puede simplemente comprar el famoso permiso.






jueves, 25 de abril de 2013

El pan crudo y la carne quemada



Me fastidia soberanamente la peregrina costumbre que tenemos los venezolanos de creernos únicos. Cada vez que sale a relucir una de nuestras características menos positivas, o que se habla de las dificultades que sufre todo emigrante, no faltará quien diga: “Es que el venezolano es muy (inserte aquí cualquier virtud o defecto de los latinos en particular, o del género humano en general)”. Sí, nos creemos únicos mientras somos tan parecidos al resto del género humano que las geniales imágenes de soloenvenezuela.com son casi todas colombianas, y nos copiamos los chistes de los argentinos en los cuales se define cómo somos o cómo hablamos. Pero no cesamos de decir que “el venezolano” es esto o aquello, como si se tratara de una raza extraterrestre.

Aquí va una novedad. Mi tendencia personal es llevar la contraria a toda costa, pero en este caso no puedo más, me agoté. El creerse único y original es algo demasiado arraigado en nuestra mente, y no voy a convencer a ningún venezolano de que es un simple ciudadano del mundo, muy parecido al de al lado. Así cansado de nadar contra la corriente, he dedicado algunas de mis ociosas y malgastadas horas a identificar algunos detalles que son, evidentemente no únicos, pero por lo menos característicos de “el venezolano”. Y cómo no, encontré un par.

El venezolano come el pan crudo y la carne quemada.

¡Qué cosa horrible, qué cosa detestable es la típica parrilla venezolana! Invariablemente preparada por alguien que no tiene ni la más remota noción de cómo se fríe un huevo, pero desde su adolescencia se cree que sabe asar carne. Nunca ha preparado otro plato; jamás lo hará. Abriga la rara creencia que sumergiendo la carne en cerveza, y sobre todo regándola de dicha libación durante la cocción,  tiene que quedar buena. Y lo peor es que consigue quienes lo apoyen, pues muchos piensan lo mismo, y para el momento de probar la famosa parrilla ya han consumido tanta birra que les parece excelente que la carne les sepa igual.

Sin embargo, eso no es lo peor. Lo malo es que luego somete a la noble vianda al proceso de Bessemer sobre el fuego, hasta que no le queda ni una gota de jugo. Hasta que tiene la consistencia de una suela. Hasta que tiene el color de la lava fría. En dos platos: hasta que la quema.

Esta es una constante en todo el territorio nacional, de la cual no conozco excepciones. Nadie tan concienzudo como los llaneros con su famosa carne en vara, carbonizada hasta ser irreconocible. Pero hasta en el más cosmopolita de los restoranes de Caracas, si uno desea un filete normal, jugoso y rosado por dentro, hay que pedirlo “muy crudo”, pues “término medio” significa en realidad “más seca que Coro en febrero”. Y además, significa obtener una mirada rara por parte del mesonero, pues está totalmente acostumbrado a que todos sus clientes pidan la carne “bien cocida”, con un tono que deja entrever lo estúpido de la pregunta y lo obvio de la respuesta.

Definitivamente mis orígenes bohemios salen a relucir con el consumo de carne de res, porque no la tolero cuando está quemada.

Y no tengo ni un asomo de explicación acerca del porqué los venezolanos humillamos de esta forma a la carne. ¿Será algo profiláctico, para evitar infestaciones de parásitos? ¿Será que somos vegetarianos de closet, y en el fondo odiamos tanto la idea de comernos a una vaca que tenemos que auto flagelarnos destruyendo su sabor? Nadie lo sabe. Pero aún más curiosa e inexplicable es nuestra relación con el pan francés.

La clase media venezolana tiene un affaire de amor/odio con los que se llamaba baguette en los años sesenta, “bagueta” en los setenta, y pan canilla a partir de los ochenta. Nos encanta. Lo compramos en grandes cantidades a los panaderos portugueses, quienes por generaciones se han hecho ricos a punta de venderle pan francés y pasta italiana a los venezolanos. No podemos vivir sin él; la vida con dieta exclusiva de Holsum y Bimbo sería un tormento. Siempre que sea, en cuanto a su cocción, diametralmente opuesto al que se comen en Francia.

¡Ah, el pan francés! Llevado en bicicleta bajo el sobaco, acompañado de la botella de tinto, en cualquiera de sus presentaciones clichés siempre será, antes que nada, crujiente. Su concha es deliciosamente tostada. Si uno lo come sin cuidado, puede maltratarse el paladar antes de llegar al queso Brie.

Excepto en Venezuela, donde toda ama de casa que se respete le pide al panadero portugués “seis canillas bien blanquitas”. Y se suscitan toda clase de pleitos cuando la hornada se va acabando, y sólo quedan los panes… digamos que menos crudos. Las doñitas pueden llegar a las manos con tal de llevar a su casa el pan francés más blandengue, más harinoso, más crudo posible. O sea, el pan menos francés.

Después de mucho analizarlo a la luz de Derrida y los postmodernistas, creo que el principal culpable del pan crudo es el esnobismo. Claro, al ascender por la escalera social había que renunciar, al menos en parte, a la proletaria arepa, y abrazar con ahínco al infinitamente superior baguette. Pero el subconsciente es algo muy poderoso, y nuestra maravillosa ama de casa, a quien caracterizamos como “el venezolano”, se las arregló para casar ambos alimentos, y ahora come algo que parece un pan francés, pero es blanco como una arepa y sabe a algo indefinido con mucha harina cruda de dudosa procedencia.

Conque ahí lo tienen. El venezolano es único, porque come el pan crudo y la carne quemada. Y lo hace así porque es un snob y un vegetariano de closet que en el fondo siente compasión por la vaca. No se pierda el próximo capítulo, en el cual analizaremos porqué el venezolano es tan gritón y le pone nombres tan raros a sus hijos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La nostalgia por Praha

"¡Malhaya!"-dice el Golem con razón- "quién estuviera en Malastrana, degustando un slivovice y escuchando al Vtalva!" Benditos los recuerdos. Pristi stanice, IP Pavlova...

NegativosPraga003 by Santiago Montenegro

PragaCol008 by Santiago Montenegro

The haziness of age by Santiago Montenegro

NegativosPragaMF016 by Santiago Montenegro

NegativosPragaMF008 by Santiago Montenegro

Praha2009009 by Santiago Montenegro

NegativosPraga023 by Santiago Montenegro


miércoles, 11 de julio de 2012

Retratos de la niñez

Hay pocas cosas más gratificantes (y frustrantes) que tomar retratos de un niño. El Golem hace lo que puede con la bendición -doble por ser tardía- de vivir con un niño.









miércoles, 7 de marzo de 2012

Un día en la morgue




Durante mis estudios de Derecho tuve la oportunidad de pasar un día en la morgue. Se suponía que fuera una especie de visita turística que no ofendiera sensibilidades, pero fortuitamente se convirtió en una experiencia distinta a la que esperaba, una que no olvidaré mientras viva.
Todo comenzó cuando el profesor que organizó la visita se negó a ir con nosotros. Alegó que ya había ido muchas veces, pero era evidente que quería ahorrarse un rato desagradable. Por lo tanto, encargó a Carlos Moreno, uno de los alumnos, para que al llegar a la morgue hablara con Fulano de Tal, que nos estaría esperando, y le dijera que éramos los alumnos de Derecho de la UCV. Carlos le hacía honor a su nombre, lo que en otras palabras significa que era negro. O, para ser políticamente correctos, afro-venezolano. Qué desgracia vivir en una época en la cual no se puede llamar a las cosas por su nombre. Bueno, volviendo el tema, el moreno medía casi dos metros de estatura y practicaba artes marciales. Todos lo consideraban un hombre bueno pero duro, así que no dejó de sorprenderme un poco el evidente desasosiego que mostró a medida que nos acercábamos al triste edificio. Y con ese nerviosismo empezaron los errores. En lugar de hablar con Fulano de Tal, Carlos se dirigió a la primera persona que vio y le dijo que éramos alumnos de la UCV. Mucho después me enteré que lo que siguió estaba reservado para los estudiantes de Medicina de la UCV y no a nosotros, simples preabogados. Digo preabogados porque parto del principio fundamental postulado por un estimado profesor: “Hay dos cosas que no se le niegan a nadie: un vaso de agua y un título de abogado”. Por ello, con el solo hecho de ser estudiantes de Derecho, teníamos ya el título asegurado.
Después de una breve charla introductoria en la cual nos explicaron el funcionamiento de la morgue, llegó el momento de ir a la sala de autopsias, situada en el sótano. Al empezar a bajar las escaleras nos golpeó el indescriptible olor, y empezaron las deserciones. De unos treinta que conformaban el grupo original, sólo la mitad llegó al último peldaño. El aguerrido Carlos también desapareció misteriosamente.
El olor merece un párrafo aparte, a pesar de que me siento impotente para describirlo. No existía en la morgue, contrariamente a lo que imaginaba, olor a podredumbre. Cualquier descomposición había sido evitada o detenida mediante el formol. El aroma de la morgue es el purísimo olor de la muerte y del miedo, el olor que exhalaron cientos de personas que murieron aterrorizadas. Es el olor de la violencia extrema.
A quienes sólo hayan visto las morgues en las películas, con ordenadas gavetas en las cuales se guardan cadáveres congelados con etiquetas atadas al dedo gordo del pie, les costará mucho formarse una imagen mental de la sala de autopsias de la morgue de Caracas, el lugar más dantesco que he visto en mi vida, tanto en la vigilia como en mis peores pesadillas. No tiene ni siquiera el resquicio de lógica del campo de batalla después de las hostilidades, pues el hecho de que todos los cadáveres que están ahí hayan llegado después de muertos le da una artificialidad desesperante. Es una sala grande, de quizás unos 150 metros cuadrados, vestida de azulejos blancos. Varias mesas de mampostería, cada una con un cadáver, constituyen todo su mobiliario. Y en el suelo... ¡Dios mío, en el suelo! Confieso que estuve a punto de salir de ahí, como hicieron muchos otros, tan pronto miré al piso. En las baldosas estaban tirados decenas de muertos, todos desnudos. Estaban como habían caído, sin ningún orden ni concierto, entre charcos de fluidos corporales. Cada uno tenía un número y una fecha anotados con marcador en el muslo derecho, y los acompañaban millares de gusanos que se subían por todas partes. Algunas compañeras que llevaban sandalias tuvieron que marcharse contra su voluntad, asqueadas por los visitantes inesperados que reptaban por sus pies.
Parece que la broma que se gasta habitualmente a los pichones de médico es enseñarles el cadáver más podrido que haya en la morgue. En nuestro caso, tenía unos seis meses, y debo decir que no me impresionó. Estaba como momificado, y por lo tanto, deshumanizado. Luego, no sin cierta dificultad, nos concentramos en “nuestro” muerto.
El médico forense nos explicaba cómo sería el procedimiento que seguiría. Su imagen era hollywoodesca hasta causar risa. Pelo blanco, ojos de un azul polar, piel blanquísima, flaco, voz apagada, mirada profunda... Parecía salido de Central Casting: el doctor Frankenstein. Nuestro muerto, al contrario, era un muchacho común y corriente de unos veinte años: delgado, moreno claro, lampiño. Pronto nos enteramos de que había fallecido en un enfrentamiento con la Guardia Nacional. Presentaba dos pequeñísimas heridas de bala, una en un brazo y la otra en la ingle. Yo no podía creer que heridas tan insignificantes le hubieran quitado la vida, y esperaba el sensacional descubrimiento de una causa oculta a la cual achacarle la muerte, quizás un tiro escondido por el pelo. No hubo tal. Lo primero que enseña una autopsia es la fragilidad inefable de la vida humana.
Antes de que nosotros llegáramos le habían aserrado el cráneo, así que el forense procedió a bajarle la piel del rostro como si fuera una máscara. Ya sin cara, nuestro muerto dejó de ser humano y pude verlo con menos inquietud: había cesado de ser un muchacho doliente para pasar a ser un espécimen de laboratorio. Por lo tanto, la primera gran incisión que lo abrió en canal no me impresionó tanto como a la mayoría, que desapareció rápidamente. A mi alrededor sólo quedaban dos compañeras que merecen especial mención. ¿Quiénes, entre un grupo de estudiantes de leyes, se quedarían a mirar de cerca una autopsia? En este caso, una delicada bailarina de ballet, una señora mayor de esas que estudian Derecho cuando sus hijos ya crecieron y no les queda nada que hacer, y yo. Sólo la señora entrada en años supo explicar por qué no había huido: ya había estado ahí antes, para reconocer el cadáver de un sobrino, y se consideraba endurecida. La delicada balletista parecía el ser más inadecuado para presenciar una autopsia hasta que uno detectaba un cierto brillo despiadado en su mirada, y en cuanto a mí... ¿por qué me quedé? Primero, siempre me ha encantado la anatomía. Mientras viva me arrepentiré de no haber estudiado Medicina. Además, en aquel entonces estaba en la larga espera que constituyó la última enfermedad de mi padre, y la muerte acompañaba a todos mis pensamientos. No iba a desperdiciar la oportunidad de echarle una larga mirada a los ojos de la vieja enemiga, y, si era posible, reconciliarme con ella.
Pero volvamos a nuestro muerto. De ahí en adelante, la operación resultó bastante mecánica. Un auxiliar abrió la caja torácica con un pequeño bisturí, sin hacer el más mínimo esfuerzo. Cuando yo comenté la blandura de las costillas, el médico me dijo que, por la edad del difunto, aún no estaban muy calcificadas. Uno a uno sacaron los órganos. Lo que más me impresionó, aparte de su semejanza absoluta, pero a escala, con los de vaca que vemos en las carnicerías, fue el olor característico de cada uno de ellos. El hígado olía a hígado, el corazón a corazón. Todos eran olores sanos, puros, agradables. Nuestro muerto había fallecido en perfecto estado de salud, y se le notaba. El único que me causó verdadera curiosidad fue el estómago, el único órgano que no se parecía en nada al de las vacas. Las paredes del estómago eran finas, delgadísimas, como una bolsa de plástico de las que dan en los automercados. Estaba vacío. Después de ese día no puedo comer picante o beber cognac sin pensar en lo delgada y delicada que es la membrana que deberá contenerlo.
La parte baja del abdomen estaba llena de sangre. Era evidente que la hemorragia interna lo había matado. La bala le había atravesado un riñón. Atravesado quizás no sea la palabra más adecuada. El riñón derecho ya no existía, y lo que quedaba parecía el bagazo de una toronja. Para mí fue impresionante ver la herida de entrada tan minúscula, por la cual no pasaría un lápiz normal, y el inmenso daño en el riñón y sólo en el riñón, pues la pared muscular, tanto la que la bala atravesó al entrar como la que atravesó al salir, apenas si mostraban un agujerito. El órgano, en cambio, parecía un pedazo de estropajo. Había estallado. Recordé aquella famosa teoría balística de los años 50, la del shock hidrostático. Postulaba que una bala que atravesara tejidos animales a una velocidad cercana o superior al kilómetro por segundo mataría aunque no tocara un órgano vital, pues los fluidos en los tejidos, al vibrar, actuarían como una granada. Esta teoría resulto falsa en casi todos los casos y cayó en el desprestigio, pero yo estoy segura de que lo que vi en el riñón derecho de ese desafortunado fue el famoso shock hidrostático. Las balas, por cierto, habían atravesado el cuerpo por completo y no se hallaron, pero por ese mismo hecho, por el tamaño de las heridas y por provenir de la Guardia Nacional, puede afirmarse que eran de calibre 7,62 mm (.308 Winchester, para los gringos), que viajan a una velocidad muy cercana al kilómetro por segundo. Pero dejemos esta digresión balística y volvamos a la autopsia.
 Fuimos interrumpidos. Dos policías venían a tomar las huellas digitales de nuestro muerto, de modo que vagué un poco por la sala, viendo otras autopsias. Poco antes había llegado el cadáver de una mujer rubia, que nadie sabía por qué estaba ahí, pues había muerto de lupus. La trajeron, como a todos los cadáveres, tomada por las manos y los pies (nada de camillas), desnuda, y con un número anotado con marcador en el muslo. Nos dio un gran susto cuando la pusieron en la mesa, pues al caer, se quejó con un sonido infinitamente triste. Después supe que ese era un fenómeno bastante común, y que sólo era el aire que había quedado en los pulmones que salía con el impacto, pasando por las cuerdas vocales. Pero en el momento pensé que era una broma, y no creí que estuviera muerta hasta que la vi abierta en canal.
De esa mujer me sorprendió la cantidad de grasa amarilla, asquerosa, que tenía bajo la piel. No era gorda, ni siquiera rellena. Era una mujer de un metro sesenta y cinco de estatura y pesaría quizás sesenta y dos kilos. Pero tenía mucha grasa, y nada del aspecto saludable de nuestro muerto. Tome nota, incrédulo doctor: quiso la fortuna que, unos seis años después, me tocara trabajar en la misma oficina con la hija de aquel cadáver grasiento. ¿No le parece que es demasiada casualidad? ¿Sigue pensando que deliro al decirle que un extraño sino me persigue? La lógica está en su contra.
En una mesa próxima, una forense exclamó: “¡Este hombre comía vidrio!” y sacó varios pedazos grandes y afilados del estómago de un indigente cuyo cadáver habían encontrado en la calle. Me dejó pensativa. ¿No se habría suicidado el pobre hombre de esa manera? Entonces volví con nuestro muerto.
Los órganos, a excepción del cerebro, volvieron a la cavidad de donde habían salido, la cual fue cerrada con bastas puntadas. Todo había terminado, y pronto una familia desesperada podría ver por última vez a su hijo o hermano. Yo no pude dejar de pensar en aquélla a quien tanto quise; en la interminable espera porque la morgue entregara el cadáver para poder verla por última vez y asumir la realidad de su muerte. Y, pésele a quien le pese, en lo innecesario de todo esto. ¿Para qué le hicieron la autopsia a ese pobre muchacho? Su muerte no revestía ningún misterio; se sabía quién lo había matado. El único descubrimiento que se hizo, y para eso no se necesitaba una autopsia, es que había tenido el brazo (posiblemente las manos) levantado cuando le dispararon. Seguramente pedía clemencia, pero estoy segura de que nadie hizo nada al respecto.
Sin embargo, se somete a este procedimiento a todos los que mueren en algún acto violento. ¿Para qué efectuar autopsias a tantos muertos en accidentes de tránsito? Para averiguar si estaban ebrios basta con una análisis de sangre. El resto es inútil, sobre todo en un país en el cual no se diseñan automóviles, y, por lo tanto, la información recabada no servirá para nada. Y supone una pérdida inmensa de recursos humanos y económicos que estarían mejor empleados en los relativamente pocos casos en los que la necropsia sí puede determinar la causa de la muerte y ayudar a inculpar a un asesino. Se puede argumentar que no sería fácil identificar dichos casos a priori, pero es evidente que sí podemos determinar aquellos que son obvios, en los cuales no se justifica someter a los cuerpos a la indignidad de la autopsia. Porque no puedo dejar de pensar que es eso, una indignidad, el que esculquen en el cerebro, en el hígado, en las tripas de una después de que haya muerto, aunque lo hagan como hacen los médicos que yo vi, con el mayor respeto y profesionalismo, a pesar de esas instalaciones dantescas. Si sirve para atrapar a un criminal o para que la ciencia avance, bienvenida sea la autopsia, ¡pero para cumplir con un estúpido requisito legal, no!

Bueno, Dr. González, discúlpeme. Se supone que debo escribir escenas, no dictar cátedras o hacer editoriales. Pero ya sabe cómo me gusta expresar mis opiniones… El resto de ese día lo pasé con una sensación difícil de describir, que sólo había tenido en las ocasiones en que he escapado a la muerte por un pelo. Suponga que los ojos son la ventana por la cual uno se asoma al mundo. Pues ese día yo me retiré de la ventana, y ya no estaba asomada, sino que miraba al mundo desde lejos, y veía el marco de la ventana, que normalmente no se ve. Mi mente estaba asustada y a la vez anestesiada; temerosa de sufrir pero incapaz de experimentar más sufrimiento. Sentía el alivio morboso de quien, en medio de un dolor enorme, sabe que ha derramado su última lágrima, no porque el dolor haya cesado, sino porque el llanto ya no llega, y aunque el sufrimiento está ahí, ya no se lo siente. Y ahora tengo la inquebrantable convicción de que, de serme posible, moriré tranquilamente en mi cama.

Fragmento de Didascalia, en preparación.